lunes, 28 de mayo de 2018

Día tres: redención

REFLEXIÓN DIARIA: Los mismos derechos.
En alguna que otra ocasión, los grupos de A.A. se lanzan frenéticamente a inventar reglamentos. Pasado un tiempo, los temores y la intolerancia se apaciguan (y nosotros nos damos cuenta). No queremos privar a nadie de la oportunidad de recuperarse del alcoholismo. Deseamos ser tan inclusivos como podamos, nunca exclusivos. ("La tradición de A.A.: cómo se desarrolló"; p. 11-12).

Ésta entrada la quería escribir ayer pero entre unas cosas y otras, no pude hacerlo.
Llegué al día tres. Sobria. Pero sobre lo que les voy a hablar es sobre lo que viví el día dos. Sí: viví. No fue nada que "haya pasado" o "me haya pasado": esas frases verbales suenan un tanto apáticas; como si las cosas vinieran desde afuera y nosotros las viésemos ocurrir. Como cuando vamos por la ruta y vemos a través del vidrio del colectivo los árboles que pasan uno tras otro, y no los podemos tocar... De lo que hablo es de vivir una experiencia que nosotros provocamos; hacemos que suceda algo y lo sentimos correr debajo de la piel. Bien: pues eso viví el domingo. 
Mi hermana tuvo la hermosa idea de pasar una tarde en familia en un patio de un sanatorio que está abierto a toda persona, por donde pasa un arroyo y se pueden ver los caminos terracota de mi provincia zambullirse entre el verde de los cerros que rodean ese extensísimo océano esmeralda.
Fuimos en la camioneta de papá, con un equipo de mate y mi perra saltando de mi regazo al de mi hermana, más extasiada que acostumbrada: no es que la llevemos muy seguido a este tipo de lugares. Por problemas de tamaño. Ya verán.
Resulta que paramos a un costado del camino y bajamos dos sillones y una manta, y nos sentamos a conversar, mientras Bandida, mi perra, se revolcaba entre la hierba y saltaba de piedra en piedra para beber agua del arroyo, siempre con el extremísimo cuidado de no mojarse más que la lengua. Verán, ella tiene un problema con el agua: le tiene terror inexplicable. No es, precisamente, un perro nadador. En realidad, no hace honor a ninguna característica de su raza (es una weimaraner): cada vez que le tiraba una rama, me traía otra en su lugar, y cada vez que le tiraba una piña para que me la devolviese, me traía la rama que en primer lugar se la había tirado.
En fin.
Fue una tarde hermosa.
Viví a mi familia como hacía semanas no lo hacía.
No suelo ser una gran conversadora: mi rol consistió más bien en cebar el mate. Pero sentí el flujo del cariño en el aire. 
Es un flujo mágico.
Esa noche, tomé el anillo de compromiso que me dejó mi tía abuela antes de fallecer, me arrodillé ante mi cama, y les agradecí a ella, y a mis abuelos, por la magia. 
Siempre agradezcan por la magia. 

Bandida
Acá Bandida, a punto de caer al agua, pero resistió.

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